De Mendoza a Santiago

Recorrido bajo los tintes de la cordillera Andina

IMG_3943

Había sido un viaje largo, muy largo. Salimos de Buenos Aires dos días antes. Nuestro destino: la ciudad de los vinos y olivos. Había escuchado que era algo interesante para ver. Pasamos la noche en San Luis y a la mañana siguiente, con más de mil kilómetros recorridos, llegamos a la Ciudad de Mendoza. Se acercaba el fin de año y con ello llegaba el verano.

Recuerdo que el sol empezaba a sentirse más fuerte sobre la piel, aunque aún había rastros de un viento casi invernal. Una camioneta nos esperaba frente al hotel, nos subimos y nos dirigimos al departamento de Maipú. Visitamos dos cavas de vinos. La primera muy pequeña, localizada a un lado del viñedo, con una producción de Malbec artesanal bastante bueno para mi paladar no tan experimentado. La segunda, una bodega más grande, con una producción mayor pero no en cuanto a sabor. En el trayecto hicimos una parada en una fábrica de aceite de oliva, pues los olivos son parte importante de la región. Durante el recorrido no pude evitar notar la ausencia de verde, me sorprendió ver lo seca que estaba toda la región.

Mantener un viñedo no es tan simple. La distribución de agua se hace por turnos, los cuales son establecidos por la Inspección de Cauces del Departamento General de Irrigación. El usuario debe estar en su terreno a la hora y día indicados para hacer la recepción, en caso contrario tendrá que esperar hasta más de siete días para que vuelva a ser su turno. La escasez de agua es notoria.

A la mañana siguiente partimos a Santiago de Chile. Sí, una locura. La razón no era el turismo, sino mandar dólares a México. Al parecer ya no estábamos “tan lejos”, y dada la complicada situación en Argentina con el cambio del dólar y la prohibición de enviar dinero al extranjero, parecía una buena opción. Mi ilusión sí era conocer.

-¡Adiós Mendoza! Fue un gusto conocerte.

Nos subimos de nuevo a nuestro mejor amigo: el auto. Estamos en la parte oeste del país. Voy en el asiento trasero, mi prima va a mi lado derecho. Tiene recargada la cabeza sobre la ventana. Lleva puestos los audífonos y la vista en dirección al cristal, la mirada lo traspasa y se pierde más adelante. Intento estirar las piernas pero parece imposible. Volteo al lado de mi ventana y observo el paisaje que empieza a cambiar un poco, ya no es tan plano. Cierro los ojos y me pierdo. Después de lo que me parecen un par de horas siento la calidez de los rayos solares pegándome en la cara, escucho algunas voces y entonces abro los ojos.

Empiezan a aparecer montañas, una tras otra. Todo parece estar pintado de rojo. La tierra tiene tonos que varían entre dorados y rojizos. Mi prima ya se ha quitado los audífonos y ha sacado la cámara. Escucho el sonido del obturador una y otra vez. Es sin duda uno de los mejores paisajes que he visto. El poder de las montañas me impresiona y la energía se siente con toda su fuerza.

Del lado derecho observo una formación rocosa, algo distinta a las anteriores. Es el Puente del Inca, que pasa sobre el río Las Cuevas. Su nombre viene del pueblo originario de los incas, los cuales pasaron por la región, siendo éste uno de los muchos caminos del inca. No puedo dejar de mirar por la ventana. El agua fluye a mi derecha y avanza en paralelo. El río acompaña a la cordillera. Es una imagen que a veces uno teme que no siga existiendo en este mundo tan poblado y en el que poco se respeta a la naturaleza. Agradezco poder contemplarla.

Las grandes formaciones rocosas están cambiando su tinte rojizo por uno más blanco. Estamos más cerca de las nubes. El clima también es distinto. Hemos llegado al parque en donde se encuentra el pico más alto de la cordillera de los Andes: el Aconcagua. Mide 6962 m, ubicándose como la montaña más alta del Hemisferio Occidental y la más alta del mundo después de las de la cordillera del Himalaya. A pesar de que sí hay algo de nieve, las nevadas han disminuido en los últimos años lo que representa una situación grave. Los glaciares que se encuentran en la zona alimentan diversos ríos, entre ellos la Cuenca del río Mendoza que lleva agua para riego y de consumo a más de 1.000.000 personas.

Por suerte el viento parece escucharme y hace a un lado las nubes. Ahora sí veo la cima. El poder que tiene es impresionante y cada mirada que le echo parece hacerla más fuerte.

Seguimos nuestro camino en auto. Nos estamos acercando a territorio chileno. Vamos subiendo, acá las montañas tienen más nieve. Hacemos una parada en un pueblito en la cima de la cordillera. Observo un hotel sin gente. Parece un pueblo fantasma, escondido por los Andes. Todo está cerrado en esta época del año. Es en invierno, cuando los centros de esquí más cercanos abren, que el pueblito cobra vida. El viento golpea con fuerza. Encontramos una tiendita abierta, es lo único que sigue funcionando. Compramos chocolates para entrar en calor. Ya estamos a pocos kilómetros de la frontera.

Nos adentramos en las montañas por un túnel. Se forman pequeñas cascadas debido al deshielo. Salimos de una curva y nos encontramos con una fila de automóviles. Creo que nos llevará un largo tiempo cruzar. Aprovecho el caos vial para bajarme del coche con mi prima. Salimos del túnel. Las paredes están tapizadas de hielo y las montañas están bañadas con destellos blancos. Pisamos con cuidado, aún queda una capa fina de nieve. Mis tenis de tela no son lo mejor en este momento.

Me siento sobre una roca y disfruto del panorama. El agua corre por algunas rocas. A mi espalda ha quedado el Aconcagua y a mi frente un camino que desciende. La blancura de las formaciones rocosas contrastan con el cielo azul despejado.

Bajamos por la montaña, no somos las únicas que lo han hecho. Un riachuelo está despertando, se empieza a desprender del hielo y comienza a moverse después de varios meses de estar estático. Los autos hacen lo mismo, y luego de algunas horas es momento de partir y avanzar. Aunque quisiera quedarme ahí más tiempo, sé que debemos seguir. Éste era sólo el camino, aún nos faltaba llegar a nuestro destino.

Cruzamos la aduana e iniciamos el descenso por unas curvas en zigzag bastante cerradas. Unos cables de teleférico pasan sobre nosotros, pertenecen a Ski Portillo, uno de los centros de esquí más importantes de Chile. Me gustaría verlo funcionando en pleno invierno. Dejamos las curvas y con ello las montañas. Los Andes han quedado atrás, erguidos con gran orgullo.

-Adiós Andes…

Suspiro casi triste por dejarlos detrás. Mi consuelo: Aún falta el regreso.

El viento ondea una bandera con una estrella sobre los colores rojo, azul y blanco. Estamos oficialmente en territorio chileno.

-¡Hola Santiago!

IMG_3283IMG_3247_1IMG_3505IMG_3800IMG_3892_1

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s