De la pluma a la escoba: historias vecinas

Salgo al jardín para respirar un poco de aire fresco y relajarme. Me pierdo entre los árboles que están frente a mí, disfruto verlos mientras puedo. Sé que pronto muchos de ellos ya no estarán ahí, la zona continúa creciendo perdiendo su color esmeralda.

Un zumbido me distrae. Viene de la casa de al lado. Veo a un perro que responde a “Manchas”, eso cuando alguien se acuerda de su nombre. Es un perro pequeño que le mueve la cola a cualquier persona que le sonría. Siento lástima por él: está amarrado a una pequeña casa que apenas lo protege de la lluvia, es lo único que tiene. Me pregunto, ¿para qué querrán un perro?

Giro la cabeza y me asomo al techo de la misma casa del lado izquierdo. Las abejas están despertando, otra vez se está formando el panal. Espero que esta vez no ataquen.

Un zumbido más fuerte me hace ver a una joven que ahora es mi vecina. Aparenta tener unos 17 años. No sé cuánto tiempo lleva mirándome. La saludo, pero no por educación, sino para hacerle saber que me incomoda y que he notado su presencia. Me parece que es la típica chismosa que se dedica a espiar lo que hacen los vecinos, mandando miradas molestas, que se clavan como aguijones.

La primera vez que hablé con ella fue un sábado por la mañana cuando se encontraba barriendo la banqueta. No recuerdo ni qué me dijo, sólo sé que estaba desesperada por hablar con alguien.

Xóchitl llegó a casa de su tía en el mes de enero, nueve meses después espera regresar a su hogar.

“Imagínate a dónde me vine a meter…”

En sus ojos veo reflejado el mar, la ola está a punto de reventar…

Xóchitl recuerda como era su vida hace unos meses.

Se escucha el romper de las olas, un joven de 18 años camina junto al mar. El sol brilla sobre un cielo despejado. Los surfistas aprovechan un buen día para subirse en sus tablas y deslizarse sobre el agua salada. Un grupo de gente se reúne para tocar los tambores, bailar y cantar. Él continúa caminando. Ahora se aleja del mar, le da la espalda y sigue a sus pies que ya saben el camino. Después de unos minutos se encuentra parado frente a una casa que conoce bien. Toca la puerta y Xóchitl sale a recibirlo. Lo abraza con fuerza, de la misma manera que el mar abraza a sus peces. Ignora las palabras que su madre le ha repetido varias veces: “Los dos están chamacos, no te conviene”.

Su mamá los ve desde la ventana. Una vez más el novio de su hija decidió ir a su casa de manera inesperada. Su mirada atraviesa la de su hija. Llegó el momento de lanzar el anzuelo que la sacará de su hogar.

– Te voy a mandar para allá con tu tía. Para que allá se te olvide ese chamaco.

Xóchitl cambió las palmeras por los encinos, la playa por el bosque y la arena por el polvo. Dejó a sus padres por su tía Catalina.

– Te traje para acá porque anduviste de golfa, de güila…

Las palabras de su tía resuenan como el mar que golpea con toda su fuerza.

Catalina proveniente de Puerto Escondido, famoso por su fuerte oleaje e ideal para el surf, llegó al norte de la Ciudad de México para trabajar en el aseo de casas. Su destino sería una zona poco conocida, más lejana aún que las Torres de Satélite. La casa de un militar para el que comenzó a trabajar pasó a ser suya. Ahora rara vez se le ve a él.

Julio, padre soltero, necesitaba ayuda con la limpieza de una casa que él solo no podía mantener. Contrató a Catalina para que hiciera este trabajo, pero al parecer también el de madre, aunque ella ya había dejado a sus hijos por ir a vivir con Julio. Catalina regañaba al niño como si fuera su hijo. Unos meses más tarde él terminaría por irse. El tiempo pasaba y ellos se volvían más unidos. Un romance poco discreto surgió entre los dos. Años después ella dejó de trabajar como sirvienta y se convirtió en la señora de la casa. Julio, como muchos militares, debía salir seguido de la ciudad. Después de vivir más de una década en la casa que él mismo construyó, fue trasladado fuera del Estado de México. Desde ese momento sería Catalina quien estaría a cargo de la casa de ladrillos.

Ella ahora trabaja en una tienda donde vende figuras chinas. Xóchitl le ayuda a vender durante la semana. Se levantan a las 5:00 am para tomar un taxi colectivo y después el camión que las deja a unas calles de su trabajo. Cuando Xóchitl no va, es porque se debe quedar en la casa a lavar las escaleras, limpiar la cocina o barrer la banqueta.

Xóchitl tuvo que dejar la escuela para venir a vivir con su tía. Terminó la secundaria en Puerto Escondido. Ahora le gustaría ir a la preparatoria para seguir estudiando. Catalina no la deja ir porque dice que no tiene dinero, además de que se tendría que levantar muy temprano para poder llegar. Casi no ve la televisión; es mejor ponerse a trabajar y mantener limpio el lugar donde vive. La música les molesta a los vecinos. Platicar con ellos también está prohibido. Si llega a salir sola se mete en problemas. Lo único en lo que Xóchitl piensa es en encontrar la manera de regresar y salir de la casa en la que ahora se encuentra.

– Es que aquí me está regañando mi tía. El domingo se la pasó regañándome… Y es que no se presta para hablar. Luego, luego se enciende. Hoy hasta chillé, dice que nada más lo hago para que yo le dé lástima.

Se comió un pan que no era de ella. Cada quien tiene y debe preparar su propia comida. Casi nunca comen juntas. Hay días en los que su tía no llega a dormir, casi siempre los fines de semana. A veces no deja comida en la casa. Hace unos días tuvo que pedir un par de huevos a los vecinos, no tenía nada que desayunar. Cuando Xóchitl regresa de trabajar temprano come sola. Por lo general come tortillas, es lo que casi siempre hay. Las calienta sobre el comal, y el olor le recuerda a su madre…

Xóchitl se acuerda de cuando recorría las calles coloridas y calurosas de su puerto. Cuando veía rostros conocidos que le sonreían al verla pasar, y ella se detenía para saludarlos y platicar con ellos. Conocía bien su ciudad y todos sus rincones. Todas las tardes, después de la escuela, tomaba un atajo para llegar más rápido a la tortillería donde su mamá ya la estaba esperando.

– Le ayudaba a mi mamá en la tortillería, pero ella sí me daba dinero.

El mes pasado Xóchitl decidió marcarle desde un teléfono público. Lo hizo a escondidas de su tía. No había escuchado su voz en mucho tiempo. Su mamá le dijo que le había mandado cinco mil pesos, dinero que jamás recibió. La llamada fue corta y fría. Lo que a Xóchitl más le preocupó fue no saber si podría juntar la cantidad necesaria para ir en diciembre a visitar a sus papás.

Se suponía que ella vendría a vivir con su tía por un tiempo, para cambiar de ambiente. Cuando ella se fue de Puerto Escondido, quedaron en que iría a visitar a sus papás para pasar Navidad y Año Nuevo juntos. Lo que ya no sabe es si será para quedarse, o si quizás sólo sea para ir de vacaciones.

– Mi tía ya me está encargando traer cosas de allá, eso para que regrese.

– ¿Para qué te quiere aquí?

– Para hacer limpieza… no me da ni un peso.

– ¿Y tus papás…? ¿No te extrañan…?

– Mis papás me regalaron con mi tía. Ya hasta le dieron todos mis papeles.

Cada día duda más si será posible regresar. Xóchitl extraña ir a la escuela, ver a sus amigos, platicar con ellos y pasear por las calles de Puerto Escondido. Pero lo que más desea es estar con sus papás. Le gustaría volver a verlos y quedarse a vivir allá. Recuerda cómo hace nueve meses los veía todos los días, iba a estudiar y después le ayudaba a su mamá en la tortillería. El joven que fue su novio, ya se le está olvidando. Es lo que menos le hace falta. Xóchitl sigue teniendo la esperanza de que sus padres la dejen quedarse allá. Espera poder regresar a su vida. Ya falta poco para ir. Cierra los ojos y se imagina de regreso en Puerto Escondido. Siente la arena bajo sus pies y entonces lo ve. Es el mar que le da la bienvenida.

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