Hombres verdaderos

Visita a la comunidad lacandona de Lacanjá.

Chiapas es uno de los estados más pobres y olvidados de la República Mexicana. Es uno de los que tiene un mayor número de indígenas y que posee mayor diversidad de especies, muchas de ellas endémicas. Centro de enfrentamientos y cuna del movimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), así como foco de atención para su explotación por compañías transnacionales, ganaderas, madereras, mineras, farmacéuticas, transgénicas y gubernamentales. Posee el segundo pulmón más importante de América Latina y es hogar de los llamados descendientes de los mayas. Y para mí es un lugar único, quizás el estado más bello de México y sin duda el más especial.

Salimos del Aeropuerto de la Ciudad de México y llegamos a Villahermosa, Tabasco. De ahí tomamos un camión hacia Palenque, Chiapas, y luego un colectivo que nos llevó a territorio lacandón. Habíamos cruzado al municipio de Ocosingo, puerta de la Selva Lacandona, cuando comenzó a llover. La bruma dificultaba la visibilidad y el recorrido fue un poco más tardado de lo esperado. Finalmente llegamos a Lacanjá. En este momento la lluvia había parado casi por completo. Un taxi nos esperaba para llevarnos al campamento. 

Actualmente existen aproximadamente mil indígenas lacandones, convirtiéndose en el grupo étnico con menor número de habitantes en Chiapas. En Lacanjá viven 600 de ellos. Las mujeres usan vestidos floreados y hacen artesanías: collares, pulseras y aretes de semillas, de los cuales me declaro adicta. Los hombres visten túnicas blancas y tienen el cabello largo. Aunque las nuevas generaciones no usan esta vestimenta todo el tiempo, y muchos lo hacen únicamente para captar la atención de los turistas. Poseen un gran conocimiento y su adaptación al mundo actual es enorme. Han sabido aprovechar las ventajas que el turismo les puede dar, pero también han sufrido el abuso del hombre y han visto el deterioro de la selva, de la cual depende su existencia. El ecoturismo es la clave de su desarrollo. A diferencia de otros grupos indígenas se han caracterizado por luchar e incluso enfrentar al gobierno.

Teníamos un día en la selva cuando nos encontramos con Víctor Chambor. Es hijo de Carmelo Chambor, líder moral lacandón y presidente de los Bienes Comunales, fallecido en noviembre de 2012. Fue defensor de la selva y luchó contra el tráfico de caoba y cedro. La Reserva de la Biosfera Montes Azules es un área protegida, ubicada dentro de la Selva Lacandona. A pesar de estar resguardada, el tráfico tanto de animales como de plantas sigue existiendo. “Debemos demostrar que los lacandones sí podemos detener el tráfico”, Víctor repite las palabras que su padre siempre le decía. 

Víctor Chambor tomando un baño de barro.

Víctor Chambor toma un baño de barro.

Debemos demostrar que los lacandones sí podemos detener el tráfico”.

Los choles y los tzeltales son grupos indígenas que viven en los pueblos de Nueva Palestina y Frontera Corozal, ubicados a pocos kilómetros de Lacanjá. Estos poblados forman parte también de la comunidad lacandona, aunque los enfrentamientos con lacandones son constantes.

“Son indígenas que no piensan, no ven a futuro”, nos comentó Miguel, lacandón encargado de cuidar una de las cascadas en Lacanjá.

Los choles y tzeltales han traído ganado a sus poblados lo que ha ido acabando con la selva. Los lacandones afirman que en varias ocasiones los han encontrado en su territorio cazando porque ya se han terminado sus recursos naturales.

Nueva Palestina es el poblado más cercano a Lacanjá y la vida es totalmente distinta, las casas son de cemento y se siente un ambiente mucho más árido. Las montañas del camino están cortadas y los árboles han caído para ser remplazados por el ganado y campos de cultivo.

Nueva Palestina no estaba en nuestra lista de lugares para visitar, pero fue por Jorge Kin que terminamos ahí.

¿Quién es Jorge? Es el lacandón más extrovertido que he conocido.

El sol ya se iba a dormir cuando caminábamos de regreso a la cabaña. Habíamos pasado la mañana con Víctor Chambor que nos llevó a conocer el cenote. Tuvimos una larga conversación sobre la situación que se vivía en la selva: la tensión que existe con otros indígenas, el tráfico de mariposas para su exportación, el trabajo que su padre realizó y las amenazas del gobierno. No podía dejar de pensar en todo eso, y al mismo tiempo admirar el lugar. A mi lado pasó un grupo liderado por un lacandón; ya las primeras caminatas nocturnas comenzaban a salir. Pasamos junto a una cabaña y nos encontramos con Jorge Kin. No recuerdo cómo fue que empezó la conversación, ni quién la inició, pero debió haber sido Jorge. Habla maya y también español. Y de verdad que le gusta hablar.

A la mañana siguiente ya estamos subiéndonos en su camioneta azul, algo desgastada y empolvada. Usa la típica túnica blanca, tiene el cabello largo y bigote. Vamos a hacer rafting en las cascadas del río Lacanjá, pero antes nos dirigimos a Nueva Palestina para comprar algo de comida. Nos cuenta que a él le gusta usar la túnica porque es más cómoda y se siente mejor así, aunque hay muchos jóvenes que ya no quieren usarla y algunos se avergüenzan de ella. Le gusta reunirse con sus amigos en la cascada para platicar y tomar cerveza, su punto débil como él nos lo hace saber. Es sin duda una persona muy abierta y dispuesta a compartir su vida. Conoce bien a Saúl Hernández, líder de la banda de rock mexicana Jaguares, quien lo invitó a participar en el video musical de la canción Dime Jaguar. Fue con los integrantes de la banda a Cancún y asegura haber compartido algunas cervezas y risas. Es inevitable no reír y querer saber más sobre él.

Hemos llegado a Nueva Palestina. Ahora puedo ser testigo del deterioro de la selva en otros poblados. Aquí nadie lleva algún traje típico. Esperamos a Jorge en la camioneta mientras él se baja a comprar cacahuates, queso, ate y fruta. Qué diferencia de lugar. Unos días antes habíamos estado en un sitio completamente resguardado y aparentemente protegido. Espero que su destino no sea como el de aquí.

Lo recuerdo casi como un sueño…

Son las 7 am y hemos quedado de vernos a la entrada para la cascada Ya toch kusam (La Casa de las Golondrinas). El trayecto será de 9 km y 8 horas aproximadamente. Vamos a un lugar que no muchos han visto. Seguimos el camino ya trazado por las pisadas y llegamos a la cascada. Aquí empieza una subida algo empinada, a partir de este punto es necesario contar con un guía. Víctor nos acompaña. El camino antes bien trazado comienza a ser menos visible. Saca de su mochila tabaco y lo enciende. “Es para las serpientes”. Nos cubre las piernas con humo para mantenerlas alejadas. El terreno se va complicando con cada paso que damos, pero también aumentan nuestras ganas de ver lo que estará al final. Los árboles que nos han cubierto todo el recorrido han quedado detrás. Ahora caminamos sobre el fango. Víctor sabe exactamente dónde pisar. Yo ya he hundido mi pie en el lodo. Avanzamos un poco más y ahí está. El agua es color azul turquesa y en el centro hay tres islas. Es la laguna de Lacanjá y no hay nadie ahí mas que nosotros. No hay ningún otro ser humano a kilómetros de distancia.

El sonido de la puerta me distrae y me trae de regreso. Jorge se ha subido a la camioneta y trae la comida para el lunch. Compra también unos galones de gasolina y ahora sí vamos al río para hacer rafting. Jorge es un guía certificado que ha recibido las capacitaciones necesarias para guiarnos en el paseo en balsa sobre las cascadas. El recorrido es interesante y divertido. Bajamos del otro extremo del río y vamos hacia las ruinas de Lacanjá. Están casi completamente cubiertas por la selva. Vemos algunas rocas y una estructura más grande. Sólo los árboles sabrán lo que sus raíces esconden.

Aquí se respira diferente y la manera de pensar es otra. Los lacandones perciben la energía y realmente la sienten. Tienen un rastro de inocencia y no por eso deben ser subestimados. También una gran fuerza e inteligencia que muchos no toman en cuenta.

Niños lacandones juegan en el sitio arqueológico de Bonampak

Niños lacandones juegan en el sitio arqueológico de Bonampak

Yo me pregunto: quién sabe más. El sabio que reconoce la existencia de algo que va más allá de nuestro entendimiento, de eso que nos enseñaron a creer o quizás a olvidar, o el que tiene títulos universitarios, que ha crecido en la ciudad y que ve sólo lo que se puede comprobar. El que puede tocar un árbol y sentir que está vivo o el que ha olvidado que de él depende nuestra existencia. El que respeta al animal porque lo ve como igual o el que lo caza por diversión. El que cosecha la milpa con machete para reutilizar el suelo o el que utiliza fertilizantes para cosechar en mayores cantidades y así erosiona la tierra. El que vive con especies endémicas o el que las comercializa. El que busca un balance en la naturaleza y utiliza los recursos naturales necesarios para vivir o el que destruye lo que lo rodea para satisfacer sus fines lucrativos e intereses personales.

Todos los días una parte de la selva muere. Y quizás no sean muchos, pero sí hay algunos que viven para defenderla.

Las raíces de todo lo viviente están unidas entre sí…cuando en la selva cae un árbol, una estrella cae del cielo”.                                                         Chan´kin Viejo.

Ya la noche ha llegado y las luciérnagas han salido para colorear la obscuridad. Esos animalitos casi míticos, tal como lo es este lugar.

Laguna de Lacanjá.

Laguna de Lacanjá.

Con Jorge Kin en una de las cascadas de la Selva Lacandona.

Con Jorge Kin en las cascadas de Ch´en Ulich, Nueva Palestina.

Miguel, encargado de cuidar la entrada de la cascada Ya toch kusam.

Miguel, encargado de cuidar la entrada de la cascada Ya toch kusam en Lacanjá.

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