Crónica de una Obsesión Infinita

Era agosto de 2013 cuando me encontré con una ciudad un poco más que colorida. Esperaba en la estación de metro cuando noté puntos rosas, verdes, azules, amarillos… estaban pegados en los barandales, paredes y basureros. Junto había un banner que anunciaba la exposición Obsesión Infinita de Yayoi Kusama.

La muestra había iniciado su recorrido unos meses antes en el Museo de Arte Latinoamericano (MALBA) en Buenos Aires. Todo mundo hablaba de ella y yo tenía que verla.

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Con más de 100 obras expuestas que recorren casi seis décadas de la vida de la artista japonesa, se puede observar la evolución que ha tenido.

La serie de obras nos hace imaginar lo que podría ser su mundo. Es cuando entramos en las salas, vemos sus pinturas y dibujos, que podemos llegar a sentir lo que pasa por su cabeza.

La repetición constante de redes, figuras fálicas y círculos, me hace conocer un poco más sobre la vida de la artista; de su mundo de obsesiones infinitas. A través del arte enfrenta sus temores y los expone ante miles de personas. Es éste la cura de una enfermedad que padece desde la infancia, y es con él que expresa sus sentimientos y obsesiones más profundas.

El uso recurrente de espejos ejemplifica un mundo que no tiene fin, en el que la misma imagen se repite infinitamente.

Yayoi

Los espejos se convierten en protagonistas. Ahí estaba mi imagen reflejada incontables veces. Era yo, pero había algo distinto. Me veía desde una perspectiva totalmente diferente, y pude entender un poco la obsesión de Kusama.

Y de repente me trasladé a otra galaxia. Luces de colores se reflejaban en agua y espejos. Me hizo pensar en la fragilidad del hombre, y es que quizá nosotros sólo seamos un punto en el espacio.

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Al finalizar el recorrido, me encontré con un cuarto cubierto de lunares de colores. Es increíble pensar que alguna vez la habitación fue blanca. No pude evitar no actuar de la misma manera que todos lo hacían. Me uní a ellos y pegué más de una estampa en la pared. Me agradaba ser parte de ello, es casi como si me emocionara la idea de ser parte de una obsesión.

Tuve una sensación de tristeza al salir del museo, pero cada vez que me encontraba con un lunar colorido en alguna parte de la ciudad me alegraba saber que la muestra no había muerto. Al final todos nos llevábamos un poco de ella a las calles. Después de todo es un mundo de obsesiones. Un mundo de obsesión infinita.

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Ve el artículo publicado en Cultura Colectiva. 

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2 pensamientos en “Crónica de una Obsesión Infinita

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